LOSMITIOS IV

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Gustaba Mitio en aquel entonces de guardar las cosas para el importantes en una bolsa de las de plástico del las del Corte Inglés y en esos momentos dentro de su armario habían tres.
La una para el almuerzo que todas las mañanas llevara hasta el taller, la otra para la camiseta que de Curro compró en Sevilla para su sobrino Ricardo y la de más allá, la grande.
De la grande busco primero en el fondo de ella las bragas, al ponérselas comprobó su acierto al decantarse por las grandes en lugar de las más finas con encajes que a la vista se le hacían más apetecibles, estas le sujetaban mejor las pelotas.
Luego de embutir sus piernas en una falda de tubo del color de las berenjenas y de colocar el relleno necesario en el sostén se abotonó la blusa blanca y se anudó al cuello el pañuelo de seda de grandes flores de colores, todo de lo que había habitado durante años sin ver luz en la bolsa grande del Corte Inglés.
Con la peluca encasquetada y calzando ya  los zapatos de tacón cubano se notó la cara interna de sus muslos húmedos de tras la ducha y hubo de volver al cuarto de baño para secárse. Se vió entonces a el Mitio de cuarenta y tres años de piey desnudo en el taburete de patas niqueladas con el asiento tapizado de skay negro. Desnudo con los ojos abiertos y cara de bobo le miraba aún con bida.
Intentó entonces el nuevo Mitio pintarse bien de carmín sus labios, más con la mirada del Mitio de cuarenta y tres años clavada en sus nalgas no le resultó plausible el resultado.
Contrimás se apretaba el cuello del Mitio de cuarenta y tres años más convenciendose estaba en hacer lo correcto, en una sola bida no daba para dos almas.
El skay del taburete se le adhirió a los cojones del Mitio de cuarenta y tres años de modo tal qué el renacido Mitio se vió en la obligación de metersele en el de piedentro de la bolsa grande del Corte Inglés.
Y allí sigue dentro de la bolsa que atada con un nudo cuelga de la muñeca derecha de Mitio junto con una de esas pulsera de bolas magnéticas que no sanaron tantas de las enfermedades de aquella época.
Así bajó Mitio la primera de sus escaleras bajadas calzado de tacones y mirando al frente. Me gusta pensar a mi que al final de aquellas escaleras tuvo quien le esperó, pero ahí Mitío nunca quiso entrar, a contar.
Me contó Mitio aquella esa vez que me contó, que en ocasiones es necesario aunque uno no quiera pero se debe, se debe a si mismo uno una bida cierta.

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