LOSMITIOS II

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Gustó del disfrutar de una argamasa de legañas adherida a las pestañas que le impidieron abrir los ojos. Tenía solo una oreja congelada y la sensación de que ya quizas solo fue febricúla.
Primero metió la cabeza bajo las mantas y después la mano bajo el colchón de lana para sacarlos de nuevo. Arrebuscó y encontró los pantys para meterselos ente las piernas, había descubierto que con el calor los olores se acentúan, los apretó fuerte a sus narices y aspiró hondo.
El ignoraba que el hedor se le introducia en su cavidad nasal golpeando violentamente en contra de su bulbo olfativo haciendo explotar su sistema limbico levantadole la su tapa de sus sesos, lo que conocía era la agradable sensación que le proporcionaba la erección.
Temia al fin, temiendo las consecuencias de sus actos, temía lo que no sabía pero tentado tentó y le complació.
Recordó entonces los pareceres de Peleteto, mayor que Mitio y con más pelos en las pelotas, “hay que apretarse firme y no bajarse en el ritmo…” Le había sugerido en ocasiones.
Decidido a no abandonar como en intentos previos, no cejó hasta tensarse todos sus ligamentos, músculos y tendones que de su propiedad eran.
Sintió como se abría paso con un fuerte cosquilleo y apunto estuvo de cederse, pero no fué así.
Se durmió poco después y pasaron la noche juntos.
El renacido Mitio despertó y observó que el cadaver del Mitío de unos once o doce años había encogido lo suficiente como para guardarselo en el bolsillo de sus pantalones aún cortos y ahí lo llevo siempre. Pasó de bolsillo de pantalón a bolsillo de pantalón ya durante toda su bida. En ocasiones y en según que compañías Mitio se mete la mano en el bolsillo y se acaricia a su el de once o doce años. Eso le agrada y le transmite tranquilidad.

El espicharse, como me contó Mitio esa vez, no siempre es triste. También se muere uno gozando.